Black Mirror, crónica de la primera sesión

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En la tarde de ayer tuvo lugar la primera de las tres sesiones que dedicaremos a la serie Black Mirror. Una veintena de personas nos encontramos en el local de La Santa Pintada  para ver y debatir, en un ambiente lúdico de tarde de sábado, los dos primeros episodios: Himno nacional y 15 millones de méritos. Fue un buen rato de entretenimiento y debate crítico en el que salieron a relucir numerosas cuestiones de interés. Lejos de pretender agotar ahota todo lo planteado -que fue mucho- apuntamos de manera personal (e insistimos en esto) y sintética algunos elementos de análisis surgidos en el debate.

Himno nacional

Del primer episodio se destacaron factores como la transformación de la opinión pública a raíz de la emergencia de las nuevas tecnologías, la web 2.0 y redes sociales. Para alguno de los asistentes, incluso, sería impropio hablar de una “opinión pública” propiamente dicha, proponiéndose analizar el fenómeno que se plantea en este episodio en los términos más bien de una “emoción pública”, toda vez que no se reunirían las condiciones de lo que, de Habermas en adelante, puede ser reconocido como la opinión de una esfera deliberativa (Öffentlichkeit). Bajo esta perspectiva, la ausencia de argumentación razonada, la volubilidad de las opiniones ligadas al desarrollo de los acontecimientos, etc., negarían al intelecto colectivo la posibilidad de organizar una “opinión pública”.

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Este primer factor se liga con otro que se suscitó igualmente en el coloquio del primer episocio, a saber: la actualidad de la tensión entre el mando y el cuerpo social. Nos referimos, más en concreto, a la dificultad de mantener bajo un control perfecto la opinión (emoción, si se prefiere) en las condiciones de posibilidad que genera la sociedad de la información. La cadena de mando unidireccional que organiza el soberano moderno (la censura a los medios, la amenaza legal, el estado de excepción, etc.) y que aseguraba otrora el total control de la información, parece así implosionar ante la reticularidad y viralidad de la constitución material de las sociedades actuales. Un estado de contingencia permanente, detectable por las encuestas constantes que se van sucediendo a lo largo de la trama y contrapuesto al estado de excepción que se declara, emerge así como desafío del cuerpo social organizado en red que requiere, para la restauración del orden político, de la articulación de la esfera pública deliberativa de acuerdo a los parámetros con que Debord caracterizó su “sociedad del espectáculo”.

Un tercer conjunto temático a debate fue el relativo al desenlace del episodio. La posibilidad (o imposibilidad) de un gesto singular, ya fuere “acción insurreccionalista” o “don sacrificial”,  que desvele críticamente la deriva de la sociedad actual centró en este sentido la última parte del debate entre lxs asistentes: la contraposición entre el “gesto” y el “habitus”, entre la acción disruptiva que pone de manifiesto la disidencia (la que podría ser considerada “primera obra de arte del siglo XXI”) y el funcionamiento de las instituciones del régimen (que continúa un año más tarde como si nada hubiese pasado). En este orden de cosas, parece que hubo una opinión ampliamente entre lxs asistentes decantada por considerar el desenlace del episocio como favorecedor de una lectura cínica o desmovilizadora, más inclinada por la oclusión del horizonte antagonista que por narrar un relato efectivamente crítico.

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Tras el debate general que se prolongó durante algo más de media hora, se hizo la pausa prevista y los debates se disgregaron por el local y sus aledaños, proliferando en animada conversación.

15 Millones de créditos

El segundo episodio no fue menos fructífero por lo que hizo al debate que le siguió. Nuevamente, como no podía ser de otro modo, se suscitaron los riesgos de la deriva a que pueden abocar, o, de hecho, abocan ya, las nuevas tecnologías y las redes sociales. Se destacó así, por ejemplo, que en una sociedad en la que la relación directa entre personas reales pasa a ser remplazada por el anonimato del avatar y las redes sociales, se diluye la posibilidad de un ethos de la solidaridad, de la complicidad. No tener que rendir cuentas por las propias ideas u opiniones, poder expresar voluntad sin más responsabilidad que la que se ejerce en la esfera de lo privado, prefiguraría así las condiciones para la emergencia de un orden crecientemente totalitario.

En relación con esto último, se mencionó el ejemplo de la “sociedad de los nichos” (Nischengesellschaft) del totalitarismo germano-oriental y se planteó una actualización cibernética y postmoderna, pero no menos carente de democracia, en la que la heteronomía del mando, es impuesto al conjunto de la sociedad, erradicando prácticamente todo espacio para la autonomía. Aquí es donde se plantearon, asimismo, dos temas relacionados: por una parte, el irreductible de la tensión entre el deseo del cuerpo (zoe) y la existencia determinada de manera heterónoma (bios) y, por otra, la posibilidad de apertura de un horizonte antagonista y emancipador en una sociedad totalitaria como la que se presenta al espectador o, por el contrario, la inevitabilidad de la captura de toda ruptura constituyente por los agenciamientos de la sociedad del espectáculo.

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En efecto, por más que el episodio nos plantea una distopía en la que el control es tan perfecto que ni un pingüino de papiroflexia puede durar más de un día, el guionista nos sitúa, igual y correlativamente, ante la inevitabilidad de esa fisura hacia lo real que se instancia en el deseo, en el enamoramiento (correspondido o no) de los personajes. La vida desnuda del animal, (zoe) se presenta así irreductible a su organización política bajo un determinado régimen de poder (bíos) y este, a su vez, aparece necesitado por completo de la primera para poder alimentar una maquinaria que Foucault definiría ya, sin dudarlo, como biopolítica.

Con todo, también en este segundo episodio, como en el primero, se plantea una lectura de la pragmática de los relatos en la que el cinismo parece ser la tonalidad emotiva dominante. De esta suerte, surgió en el debate un doble problema: por una parte, la necesidad de escapar a una lectura trifásica de la disidencia que empezando por el gesto, siempre conduce a una mejora que se cierra con un reforzamiento de la dominación; por otra, se suscitó la necesidad de una lectura transversal a esta propia ciclicidad trifásica recurriendo al paralelismo de los movimientos sociales y su permanente captura por los agenciamientos de la democracia representativa.