Contra el feminismo liberal y su guerra de sexos

Antón F. Rota


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Una huelga de un día no es una huelga, más bien unas vacaciones no pagadas, o en el mejor de los casos, una forma de visibilización, de recuerdo, de intentar mantener activo ¿qué y para qué? Por muy grande que sea el número recontado en las calles, el 8M no deja de ser una muestra de debilidad en relación a la potencia de la que sería capaz el movimiento, justo cuando la contienda de los “feminismos” empieza. Así como al inicio de los 1970 salió de los labios de Richard Nixon un “ahora tod@s somos keynesianos” que pronto se convertiría en el beso de Judas al keynesianismo, ahora “tod@s somos feministas”; más feministas que las feministas, dirá de sí misma la derecha, e incluso la extrema derecha al otro lado de los Pirineos. Los periódicos “progresistas” describen la movilización como un éxito sin paliativos y una rotunda muestra de fuerza. Pero si se reduce la huelga a un solo día -o según la convocatoria de los sindicatos, a un par de horas- es porque no puede concebirse hoy una huelga de meses, ni siquiera pretender que dure semanas. Con todo, la debilidad no queda retratada únicamente en estos otros números que contrastan tanto con los que poblaron las calles. Ha de medirse en relación al ciclo iniciado por el 15M, y por tanto, en el declinar constante de sus expectativas. De igual modo, en un análisis de largo recorrido.
¿Qué y para qué? ¿Qué y dónde se visualiza? Hay todo un mundo fuera de la televisión, la radio y los periódicos. Pero ahí las temáticas han sido sistemáticamente reconducidas hacia eso que ciertos adalides del feminismo contrario al movimiento feminista han vuelto a nombrar, muy acertadamente, «feminismo liberal». La agenda es clara y tiende a imponerse: violencia de género, jueces, vigilancia, policía y reformas para una penalidad más estricta, con alguna ayuda a las víctimas y algo de ilustración pedagógica; también, ruptura del techo de cristal, para que el cargo de CEO, en la empresa que cotiza en bolsa y desfalca en paraísos fiscales, pueda alcanzar el otro paraíso de la “igualdad”; o para que le petit despote de la empresa media tenga al 50% la probabilidad de ser hombre o mujer.
Los medios de comunicación reproducen con toda dulzura la idea de un mundo dividido en dos, hombres y mujeres, enfrentados. Los activistas críticos de su masculinidad no repiten la consigna de manera menos empalagosa. Si antes, durante la ola de la alterglobalización, hubo que soportar cierto “buenismo” pseudogandhiano, ahora le toca el turno a los “sensiblistas” que abarrotan unos movimientos en declive. Las redes se llenan de memes hechos de tópicos naturalistas que describen a la mujer como un ser más colaborativo, empático, etc. Las “nuevas masculinidades” replican confesando querer asemejarse al estereotipo.
En un eco extrañamente heideggeriano, se pone el cuidado en el centro, aunque volcado hacia el Otro y el Nosotr@s. Pero el exceso es el signo de la temporalidad en la que somos. Desde hace algo más de doscientos años la política ha tenido que vérselas con la más incómoda -por difícil de gobernar- de las determinaciones: la productividad de la finitud, que ciertamente requiere un cuidado, pero también, como entendió Bataille, un tratamiento de “la parte maldita”; esto es: una dilapidación o gasto controlado de las energías excedentes. Junto a la descarga y la recarga, el exceso demanda una conducción o gobierno positivo de su potencia productiva. Problema, este último, para el cual, como en su momento argumentó Foucault, la izquierda jamás llegó a elaborar una modalidad de gobierno propia. O bien asumió las formas del liberalismo económico, o bien quiso heredar la tradición burocrático-administrativa de la más antigua “policía”, no pocas veces mezclando las dos posibilidades en distinto grado: la NEP o Capitalismo de Estado de Lenin, el Estado de Bienestar de los social-demócratas.
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Marx tuvo grandes ideas. Pero abrazar aquella forjada a finales del siglo XVIII por la “historiografía burguesa” no fue la más interesante. La interpretación burguesa de la historia fue adoptada, pero del revés, por la reacción nobiliaria después de la Revolución, y durante aquellos acontecimientos, también por quienes más tarde se presentaron como socialistas o comunistas. Según esta interpretación, la sociedad y su historia han de entenderse a partir de algo que se divide en dos, determinadas ambas, sociedad e historia, por la dicotomía de un antagonismo. A la oposición original entre burguesía y aristocracia, invertida por la nobleza, los socialistas añadieron un protagonista, un último episodio que debía llegar por medio de la negación de la burguesía que es el proletariado. De la “negación de la negación” surgiría la sociedad sin clases, por obra del proletariado que se autosuprime luego de suprimir las clases restantes (“inicio de la verdadera historia humana”). Pero una “sociedad” se define tanto o más que por sus contradicciones, por sus líneas de fuga, que dirían Deleuze y Guattari. Nadie, nada, muere de contradicción, advirtió más recientemente Joseph Vogl con ojo clínico. Con estas consideraciones se refuta uno de los temas centrales de la literatura romántica, que rebosa en la contradicción y se regodea en el doppelgänger. Una literatura, por cierto, que nunca abandonó del todo a Marx, quien de joven fue un poeta romántico en ciernes.
La guerra o lucha de sexos, calco desplazado de la guerra o lucha de clases, pero extendida con mayor capilaridad según la fórmula «lo personal es político», se repite ahora en el momento que le es menos oportuno. En la agenda que venden los medios para contener la potencia amenazante del feminismo hay por un lado jueces, castigo, policía y represión; por el otro, igualdad de género, igualdad de oportunidades, para que alguien pueda convertirse indistintamente en rey o reina de las oficinas, almacenes, plantas y despachos donde se evapora cualquier resquicio de democracia. No cuesta ver cómo este feminismo liberal, que llama a las puertas del Ministerio del Amor a las Porras y las Togas, y que defiende la igualdad de oportunidades para regir instituciones incuestionadas, pueda llegar a ser aplaudido con verdadera pasión por ciertos sectores pudientes. No es que el movimiento se pliegue, sino que demasiado a menudo elige tragarse la fórmula del mínimo común denominador. “No hay que dividir a las mujeres”, se dice. Lo cual facilita el trabajo de los medios y el avance de la facción liberal. Sin el más mínimo disimulo, son las propias cadenas de televisión, y en especial una perteneciente a la mayor corporación del sector, las que llaman desde sus telediarios a continuar movilizándose de esta manera.
La historia del feminismo, como la de cualquier otro movimiento, está plagado de reyertas, cismas y aporías. Que impere por miedo el mínimo común, revela la fragilidad actual. Pero además de estos dos elementos, en la agenda que visibilizan e intentan imponer los medios se encuentra un tercero: la igualdad salarial entre hombres y mujeres (con todos sus añadidos: permisos de paternidad obligatorios, etc.). Por más loable que sea esta idea, parece olvidar el pasado y el presente, condenándonos a padecer el futuro. De lo que parece tratarse es de culminar la obra de la Segunda Ola, terminar su tarea, o para ser más precisos, la tarea de la vertiente liberal de aquella ola encrespada.
Entonces, en los Estados Unidos de los años sesenta -como ocurrirá con otros rostros en la España postfranquista- Betty Friedan y la Organización Nacional de Mujeres (NOW, por sus siglas en inglés) reclamaron el derecho a ejercer profesiones. Las feministas afroamericanas no daban crédito cuando, hablando en nombre de la Mujer, la dirigente feminista aseguraba que el acceso al trabajo asalariado era la cuestión económica prioritaria y fundamental: “quiero algo más que un marido, unos hijos y una casa”. En el mismo instante en el que Friedan, una vez sindicalista, escribía esta línea, un tercio de la fuerza laboral estaba compuesta ya de mujeres, en su mayoría jóvenes solteras y/o de clase obrera, a menudo racializadas (Hooks). No pocas feministas blancas y liberales empleaban en sus casas a “criadas” negras pagándoles sueldos de miseria. Una de ellas, bien o mal pagada, servía refrigerios, vestida con un uniforme blanco, en las reuniones feministas que organizaba en su apartamento neoyorkino Betty Friedan. La política de “lo personal es político” no carece de insidias. El eslogan se vuelve un imperativo más real que nunca cuando la persona -palabra cuyo primer significado etimológico es máscara– se convierte en perfiles cibernéticamente gobernados por máquinas. La insidia y el ad hominen, que con tanta pasión se demanda, alcanza así una universalidad en potencia. Si una vez fueron exigidos la confesión y el arrepentimiento, menos moralista pero más efectiva, la máquina ya nos arranca las confesiones sin que tengamos siquiera tener que abrir la boca.
De lo que se trataba, para este sector del feminismo que a su vez repudiaba por “cuestiones estratégicas” a las lesbianas -según concluyó la NOW, deslegitiman con su sexualidad una causa más cabal- era hacer de la demanda de la “clase media” blanca el mínimo común denominador para el conjunto. El feminismo liberal que aplauden los medios, ahora multicultural y polisexual, retoma lo que puede tomar de aquella vía. Como farsa y como tragedia. Farsa, por el simple hecho de que las situaciones que caracterizan ambos momentos son diferentes. De aquella aún estaba en funciones el pacto de postguerra: continua expansión del Estado de Bienestar, crecimiento sostenido de los salarios al mismo ritmo que aumentaban sin parar los beneficios empresariales, en una situación de pleno empleo técnico. Roto ese pacto, la farsa se convierte a la vez en tragedia, incluso para quien posee tez blanca y aún se considera parte de la “clase media”, sin importarle lo que digan las estadísticas.
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Hombres blancos nacionales votando a la extrema derecha. Se ha vivido esta escena en los Estados Unidos, hace poco en España, y a lo largo de la última década en tantos otros países. Se dice: a Trump le votaron en el Rust Belt por el desencanto de los desindustrializados y sus hijos, aquellos que han sufrido la deslocalización fabril y están descontentos con el neoliberalismo; aquellos que, además, se vieron obligados a competir con las mujeres que desde hace décadas se abren paso por mercados laborales terciarizados. Cierta izquierda cree que puede oponer al populismo de derechas un populismo de izquierdas. Habla de la “gente de bien”, que no es más que una versión despolitizada del viejo mitema “la honrada clase trabajadora”. Quiere recuperar la bandera nacional y elaborar un nacionalismo social: ¡la patria para quien la trabaja! Al tiempo que demuestran ser incapaces de hacer política programática y movimentista, se centran cada vez más en el marketing y en la retórica de los “significantes vacíos”. Al igual que el 8M -con independencia de cuánta gente haya salido a la calle y abandonado por un rato sus puestos de trabajo- unos y otras no lograrán visibilizar sino lo que hay: debilidad y demasiados vacíos. Soterrada, entre quienes a su pesar tragan con el mínimo común denominador, se expresa aquella voluntad nihilista de la que hablaba Nietzsche: “prefieren querer la nada, que no querer”; o también, a falta ideas: “prefieren creer la nada, que no creer”.
Silvia Federici y la historia feminista en general nos recuerdan toda una trama de tensiones. En sus primeros momentos el movimiento obrero intentó sacar a l@s niñ@s de las fábricas insalubres y letales (cuestiones humanitarias). También intentó y consiguió reducir la jornada laboral de las mujeres en mayor medida que la de los hombres. Al final, muchos sindicatos pugnaron por echar a las mujeres de sus empleos en las industrias. Lo consiguieron (¿cuestiones humanitarias?). Más tarde, cuando los obreros blancos estadounidenses y europeos se desplazaron a los frentes de la Primera Guerra Mundial, y al volver a casa se toparon con mujeres en los puestos de trabajo, demandaron su retirada de nuevo. Del mismo modo, exigieron -a veces con palos- el despido de los negros que se habían desplazado durante la guerra desde el Sur de los Estados Unidos hasta Norte fabril (ninguna cuestión humanitaria fue ahora alegada).
A ambos lados del Atlántico, la posterior ola de acceso masivo de la mujer al mercado laboral se produjo en medio de una crisis, iniciada hace ya cincuenta años y de la cual, en verdad, no hemos salido nunca. Las crisis económicas ocurridas desde entonces son los eventos concatenados en una misma serie, un mismo proceso crítico que recurre a la compra de tiempo con deuda para postergar el desenlace que se teme (Streeck). Desde los años setenta, los recortes al welfare fueron posibilitados, cuando menos en parte, por la quiebra de los sindicatos y por la incorporación masiva de las mujeres de “clase media” al trabajo asalariado: dos sueldos, en vez de un “salario familiar” (Fraser). Desde entonces también, un desempleo crónico, con picos y caídas en paralelo a las burbujas bursátiles, y la incapacidad o el abierto rechazo a repetir la situación de pleno empleo técnico que caracterizó la década de los años sesenta en las llamadas “democracias”. Y precariedad. Así como una congelación media de los salarios reales. Y una ampliación de los márgenes de la marginalidad, los cuales encontraron salida -o mejor dicho, entrada- en las cárceles. Si al comienzo de la “democracia” la población carcelaria en España rondaba los 15.000 reclusos, en el 2010 superó los 76.000 (Estados Unidos pasó de los 391.000 en el 1970 a los 2.5 millones en el 2008). Tan sólo la Gran Recesión fue capaz de invertir la tendencia al optar por políticas penales destinadas a reducir el gasto (encerrar menos) y aumentar los ingresos del Estado (multar más).
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Durante la crisis de los setenta, el acceso de la mujer al mundo laboral, aunque contestado por los más conservadores, fue una bendición para la patronal. Los movimientos obreros estaban en auge. Las huelgas eran huelgas prolongadas y muy poco sensibles; al parecer, les traía sin cuidado herir los sentimientos de los empresarios. Al mismo tiempo, se daba un multitudinario “rechazo al trabajo”, especialmente entre l@s jóvenes. Ante este panorama hubo quien diagnosticó, en un informe escrito para la Comisión Trilateral, un preocupante “exceso de democracia”. Con la incorporación del nuevo contingente de mano de obra, no afiliado a las uniones sindicales y motivado para demostrar a cualquier precio su valía, en el aumento de la oferta laboral las empresas que buscaban vengarse de las restricciones welfaristas encontraron un apoyo, tanto para librarse de las huelgas como de los propios sindicatos, que en adelante ya no tendrán de sindicatos -salvo alguna excepción minoritaria- mucho más que su nombre (ídem para los partidos llamados “social-demócratas”).
La otra vía de escape y opción para la ofensiva del gran capital consistió, además de la salida por medio de las finanzas, en la conocida deslocalización industrial. Aquí la descripción de algunas consecuencias: “En el Tercer Mundo las mujeres en el campo se incorporaron a la mano de obra asalariada por todas partes, desde las Barbados hasta Bangladesh y desde Ciudad Juárez hasta Dongguan. El resultado fue una creciente feminización del proletariado, la destrucción de los modos de vida campesinos autosuficientes `tradicionales´ y la feminización de la pobreza en todo el mundo. El tráfico internacional de mujeres para la servidumbre doméstica y la prostitución se multiplicó al tiempo que 2.000 millones de personas, atestadas en infraviviendas, chabolas, favelas y guetos de ciudades insalubres, trataban de sobrevivir con menos de dos dólares al día” (Harvey). Hace tiempo que el vuelo de la lechuza de Minerva ha sido reemplazado por el aleteo de una mariposa caótica.
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Nada de lo hasta aquí argumentado pretende expresar la más mínima nostalgia. Ésta es la que sienten los hombres blancos que votan extremas derechas, pero también las izquierdas que pretenden curarse de ella en el vacío retórico del significante. Tampoco se trata, ni mucho menos, de una impugnación del feminismo, por más que la misma y perniciosa nostalgia se encuentre entre sus filas. Véase el feminismo liberal: su voluntad de prolongar el pasado ofrece un testimonio inequívoco. Pero, por suerte, hay mucho más feminismo que el que se adecua a la programación de los medios propiedad de las grandes corporaciones.
La transversalidad, tantas veces invocada, puede ser una alternativa, otra opción, diferente a la guerra entre sexos (irreductibles, por lo demás, a dos). La política de la transversalidad y la política del mínimo común son heterogéneas. Del mismo modo que no es lo mismo la transversalidad y la guerra de sexos, aunque tampoco sean necesariamente excluyentes.
La guerra o lucha de sexos sólo admite dos soluciones al problema que plantea. Al modo liberal se resuelve en el reconocimiento y la reconciliación. Salvando las diferencias, lo análogo en la Economía Política sería Adam Smith, y en la Filosofía Política, Hegel. El  modo análogamente “marxista” -que propone la abolición de las “clases” y no otra cosa- se resuelve en la autosupresión de las determinaciones tanto por género como por sexo; en el ámbito de las disidencias sexuales proviene, cuando menos, de los tiempos en las que fueron escritas las obras seminales, aunque muy distintas, de Shulamith Firestone y Gayle Rubin. En su desarrollo, esta última forma de guerra de sexo tiende, por su propia lógica destituyente de las categorías, a las políticas transversales post-sexuales o post-genéricas. Tal es el caso de la teoría queer actual y similares.
Por su parte, a diferencia de la política del mínimo común, la transversalidad es un arte de componer -y no de acallar “estratégicamente”- diferencias. El producto es un cuerpo político múltiple. Contra el estilo Friedan, se preocupa por integrar vectores de sexo, clase, raza, etc. Pero cuando la potencia constituyente que caracteriza la transversalidad se queda en el interior de la categoría, la forma compuesta bien puede quedar subordinada otra vez a la temática de la guerra de sexos liberal, tras una reducción estratégica de su complejidad. Nada vuelve incompatible la felicidad de la patronal o la felicidad del mundo de las finanzas, con la transversalidad genérica del multiculturalismo o la plasticidad psico-cultural de quienes se quedan en la conceptualización, de origen psiquiátrico y en modo alguno feminista, del género.
En el énfasis de las líneas de fuga, de los agenciamientos frente a las dicotomías estructurales, y en la lucha contra el despotismo del Significante, a partir del cual se organiza lo dicotómico, la transversalidad puede abrirse más allá de la divisoria bélica. En la transversalidad que excede en toda su complejidad los confines liberales, lo que en el modelo marxista era el fin se convierte en principio; esto es: el fin que se identifica con los medios. Sólo así la transversalidad salta por encima de la guerra de sexos y define los parámetros de una política que rompe con las tradiciones heredadas de los siglos XVIII y XIX.
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La demanda de salarios iguales es una de las vías por las que transcurre la guerra de sexos liberal. Ahora bien, dicha igualdad salarial, por más pueda desembocar en un reconocimiento, difícilmente es capaz de reconciliar en paz nada. La reconciliación liberal, sexual, económica o política, siempre ha sido una quimera. El principio de idénticos salarios resulta un alivio menor cuando estos son ya una miseria y se dan a cambio de ejercer los empleos más ridículos, cuando no contraproducentes. Cuando, además, escasea su número, este hecho no empuja sino al enfrentamiento entre demandantes. Quienes naturalizan la mujer como un ente colaborativo en vez de competitivo y al mismo tiempo se dicen feministas liberales, no sufren el más mínimo empacho al abogar por arrojar más y más carne humana a la contienda en el mercado laboral, cuando este mismo mercado, lejos de ser la solución, forma parte del problema.
La masa de lo que se producía industrialmente en el mundo a lo largo de un año circa 1900, se producía circa 2000 en tan sólo dos semana (George). A pesar de la deslocalización y de haberse convertido Asia en la “Fábrica del mundo” que un día fue los Estados Unidos, el sector manufacturero estadounidense produce hoy el doble de lo que fabricó en 1984, contando para ello con muchos menos trabajador@s (Muro). Y, sin embargo, allí, como en el resto de las “democracias” occidentales, sigue afirmándose que el problema no ha dejado de ser el trabajo, y el envejecimiento de la población y cosas similares. La automatización en curso, en vez de causar euforia esperanzada, genera miedo, así como tantas otras veces antes a lo largo de la historia del liberalismo. Lo cual no deja de ser sintomático y dice mucho acerca que cuán democráticos son los regímenes en los que vivimos. La inmensa riqueza acumulada se va, uno, en el consumo conspicuo de una élite que cada vez engulle y se concentra más; pero, sobre todo, dos, en la acumulación de un volumen siempre creciente de capitales, que en forma de deuda, promesas y apuestas, gestionada por una inmensa burocracia financiera, gravita sin cesar, abstracta y digitalmente, alrededor del globo; y por último pero no menos importante, tres, esa riqueza se dilapida en la ejecución de un montaña de rutinas y empleos absurdos.
El problema de la economía, aseguraba Bataille, no tiene tanto que ver con la asignación racional de recursos escasos, dogma que cacarean todos los manuales, como con las formas por la que se consume en su consumación el exceso. Quizá no sea tan interesante pedir la igualdad de acceso y salario para el sector que se encarga del acoso y derribo del cliente por los medios de telemarketing -por poner uno de los ejemplos más obvios- como exigir la eliminación de esta práctica. Junto a ellos pueden irse también legiones enteras de public relations y lobistas; abogad@s corporativos y cortes de arbitraje ISDS; traficantes de drogas que hacen de la ilegalización su negocio; traficantes de derivados financieros que hacen su negocio gracias a haber sido legalizado; moles de burocracia empresarial; capacitador@s en ciertos curso de formación en los que nadie atiende; todo el personal obligado a chantajear a l@s desemplead@s a través del workfare; subcontratas privadas para la mala gestión, en su propio interés, de lo público; pirámides enteras de evaluador@s de evaluador@s, tod@s ell@s evaluad@s por evaluador@s evaluad@s; agencias de rating cuya profesión (y beneficio) consiste en ser juez y parte interesada; el sector entero de las revistas académicas que privatizan el conocimiento científico en un puñado de multinacionales con sedes en paraísos fiscales; l@s propi@s trabajador@s de esos paraísos fiscales; y un largo etcétera más. No es la ética del trabajo, que tan “humanitariamente” actúo en el pasado, sino el rechazo y crítica del mismo, lo que hay que salvar de las tradiciones precedentes.
Puede argumentarse que hasta este librarse de, hasta entonces, hasta que esto ocurra, utopías a un lado y siendo realistas, los hombres y las mujeres han de disfrutar de una legítima igualdad, las mismas oportunidades para regir y organizar un mundo kafkiano; esto es, que las mujeres y los hombres han de gozar de idénticas oportunidades para convertirse en autócratas privados y en programador@s y en gestor@s de las distintas formas de humillación y dominación. “Prefieren creer en la nada, que no creer en nada”. La sociedad, concluía Goffman, es un manicomio gestionado por sus intern@s. Y no hay mejor manera de no pensar y entregarse a lo dado que tratar lo impensado como imposible por utópico, es decir, sin lugar en el presente. Así, entregándose, crece el resentimiento en el sentido nietzschiano. ¿Qué otra cosa es el feminismo liberal y qué otra cosa expresan los sensiblistas? La transversalización del pensamiento quizá sirva de ayuda.
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La violencia que hace que el 92% de las personas encarceladas en España sean hombres, en su inmensa mayoría pobres, con una impresionante sobrerrepresentación de los que se encuentran en las peores situaciones (aquellos que sufren además el racismo cotidiano e institucional), y los grados de violencia cotidiana y estructural que por otra parte padecen las distintas mujeres, en forma de acoso, violaciones, etc., bien pueden ser las dos caras de la misma moneda. La respuesta a las cuestiones relacionadas con el empleo y la retribución, bajo el creciente peso de la deuda y la exigencia continua de acreditarse, igualmente son susceptibles de entrar en un análisis transversal, y de salir transformadas en algo distinto.
En este último plano, el feminismo liberal, a la manera del PSOE o Ciudadanos, maneja junto con tod@s l@s liberales y conservador@s la guerra entre sexos para disponer de emplead@s y deudor@s en exceso, y por tanto necesitad@s y disciplinad@s. Hay quien se presta a entonar con ell@s, una vez más, aunque sea de tapadillo, en la vergüenza del mínimo común denominador, los cantos de elogio al trabajo. Mientras se denuncia con toda razón la violencia en los hogares, las calles, el transporte público, el empleo, las fiestas o los bares, el feminismo liberal no deja de aplaudir otras formas de violencia política y económica.
Enfrentar en la competencia del mercado a los hombres y a las mujeres por un empleo escaso es uno de los nutrientes que alimentan al populismo de derechas, con independencia de que hablemos de su vertiente favorable al proteccionismo o al libre mercado. Tratar la violencia sita en el ámbito doméstico como una cuestión meramente machista desvinculada de sus transversales, no empuja sino hacia las puertas de aquél Ministerio del Amor a las Porras y Togas. Entre las proteccionistas sexuales y económicas, Marine Le Pen no parece sentir el menor pudor al presentarse como la vanguardia de las mujeres; al fin y al cabo es la única candidata en un mundo de hombres. No tiene más que retorcer los temas para producir un efecto. Contra la violencia, mano dura, leyes represivas, policía y expulsión de migrantes, a quienes acusa de las fechorías vomitando todos los estereotipos raciales; del mismo modo que en nombre del feminismo arremete contra las mujeres islámicas. Como Trump, Le Pen promete una (imposible) vuelta a los “buenos tiempos” pre-1970, que en ambos países añoran por igual los nostálgicos de izquierdas y derechas. Que hoy se movilicen masivamente los tonos morados, no quiere decir que necesariamente vayan a decantarse, los y las interpeladas, por una opción política determinada en el futuro próximo. Todo depende de cómo se componga el movimiento en las metamorfosis de las situaciones.
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Sin negar la importancia de acabar aquí y ahora con las múltiples formas de discriminación de las mujeres en lo referido al empleo -dicha negación, por cierto, jamás ha sido la intención de este artículo-, la llamada Renta Básica fue un intento de buscar medidas transversales con las que sustraerse de la trampa de la guerra económica, entre sexos y en general. Era, a la vez, una crítica explícita al imperio de la deuda y del trabajo en la situación contemporánea, cuando el trabajo y el capital se funden en un capital humano informatizado. Pero, también, con respecto a la violencia machista, la Renta Básica pudo servir en su momento, cuando fue discutida, para abrir el problema y librarlo de su anclaje cada vez más unidimensional en lo jurídico-punitivo. Entre las variadas causas por las que se aguanta el maltrato, a veces hasta llegar a la muerte, se cuentan, junto al miedo y las dependencias emocionales, las dependencias económicas.
Por supuesto, como tal, la Renta Básica resulta insuficiente en todos los sentidos. Políticamente carece de sentido sino es dentro de una plataforma que más allá de la redistribución pasiva y monetaria constituya formas activas de gobierno; esto es, una racionalidad y una disposición mediática que favorezca cierta conducción de la conductas. Sin este acondicionamiento del gobierno positivo nada excluye que la implementación de su política desemboque en alguna versión contemporánea de lo conseguido con la Ley Speenhamland del 1795, cuya última consecuencia en el Reino Unido fue una infame Ley de Pobres.
Ciert@s neo-keynesian@s aseguran que la Renta Básica alentará el consumo, lo cual tirará de la máquina económica, acrecentando la oferta (empresarial) mediante la ampliación de la demanda (consumidora); dará recursos y tiempo a cada cual para poner en marcha su creatividad, por consiguiente, la productividad se verá incrementada pasado un tiempo. Por el contrario, algunas feministas liberales creen, según lo expresado -pura cuestión de fe- que de alguna manera -¡a saber!- la Renta Básica puede llegar a reforzar el papel de la mujer como ama de casa. Sea cual sea el caso, todo es posible pero también más o menos probable, hay algo interesante en el fondo de las reflexiones que tal medida fue suscitando durante varias décadas. Contra el feminismo liberal, Firestone la reivindicaba ya en el 1970: formaba parte de su programa de transición, dentro de lo que definía como una revolución feminista. No obstante, desde entonces y hasta el presente, estas reflexiones han quedado lastradas por la propia esencia de lo discutido como algo necesariamente centrado en la retribución monetaria individual.
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Milton Friedman pensó en helicópteros cargados de billetes preparados para situaciones de emergencia. L@s teóric@s de la Renta Básica incondicionada -recibida con independencia la situación laboral de cada cual- quieren hacerlos volar todos los meses, tirando dinero por igual a todos y cada una. Pero esa masa en caída no es más que una acumulación de fuerzas colectivas. Nada obliga a que las cosas deban caer en vez de crecer desde abajo, ni que deba darse la política en forma de dinero, ni tampoco que deba repartirse en exclusiva entre individuos, como quieren l@s nuev@s social-democrátas (incluso l@s operaistas italian@s).
El problema fundamental que se roza, sin casi llegar a tocar, es otro: el problema constituyente del común en la finitud ilimitada de sistemas emergentes; la auto-organización constituyente en situaciones fuera del equilibrio; el caos que es exceso y a  la vez orden, suprimiéndose así, a la manera de Prigogine y Stengers, la dicotomía al uso. Dicho de otro modo: una oikodicea -atendiendo a las preocupaciones de Bataille- para el problema ahora concebido como una economía del común, en tanto que alternativa sistémica a la autorregulación del mercado -igualmente sistémica y también oikodiceica– sobre cuyos principios se asienta la racionalidad de gobierno liberal. La izquierda careció siempre de una gubernamentalidad propia, decía Foucault. Aquí el vacío. Hic Rhodus, hic Salta.
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Eso que roza casi sin tocar la política que busca independizar los modos de vida de la lucha en el mercado encasillada por los empleos y que cada vez se organiza más crediticiamente como capital humano, requiere todo un acondicionamiento mediático. Técnicas, políticas, instituciones. El común como plataforma y medio, en la era de la computación omnipresente pero también casi omnisciente, no está libre de peligros. Ninguna política lo está. Habrá que sopesarlos en función de sus posibilidades.
Mallarmé jugó con la lógica: “una tirada de dados jamás abolirá el azar”. La emergencia en la computación del metamedio -para el cálculo, la escritura, la mano, el ojo, el oído, la boca- a partir de unas reglas dadas recursivamente y con el abecedario más simple, y sin embargo con posibles virtualmente ilimitados, abre el arte de la composición más allá de conjuntos predeterminados. Inspirándose o no en el yin y el yang con sus potencias sexualizadas, Leibniz computó la creatividad de la infinitud con el uno y el cero, el ser y el no-ser, lo que significa el todo y lo que significa -y por tanto, paradójicamente, no-es- la nada. Ahora se emplean esos mismos números para producir técnicamente, desde la finitud de los algoritmos y la vida, un exceso. El efecto que ha tenido sobre la biología genómica y postgenómica, por poner un ejemplo, para bien y para mal, ha sido considerable. La composición informacional de los cuerpos juega en este exceso de la finitud técnicamente provocada. En este sentido se entiende la definición práctica del común como plataforma para la transversalidad productiva y efervescencia de la vida en todos los sentidos, que encuentra ahí su espacio y que, por la misma razón, debe encontrar ahí también su racionalidad de gobierno, como inversión pero también fuga y desplazamiento de los modos del capital humano ya dominantes.
Como medio para la emergencia y la composición de cuerpos y proyectos, economías, placeres, pasados, presentes y futuros, lo que se roza casi sin tocar es lo que el liberalismo y el neoliberalismo, feminista o no, aborrece como la antigua física aborrecía el vacío. Aquí, en lo aborrecido por aquell@s, el monismo spinoziano se convierte en una política a la altura de la situación técnica y política. Los antagonismos son inevitables. El propio título de este artículo lo advierte. Pero no es a través de su modulación en la guerra de clases o de sexos cómo sus determinaciones actuales serán atravesadas y abandonas para alcanzar la política del común, tal y como ha sido definida, en oposición y en fuga de los mínimo común denominadores que alientan los telediarios.

AUTOR
Antón F. Rota es Sociólogo de formación y Doctor en Antropología Cultural, ha sido docente en diversas universidades ibéricas y latinoamericanas, así como investigador en la Universidad de California en Berkeley y el Instituto de Humanidades de la UDP en Santiago de Chile.

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