El futuro del discurso psiquedélico

Erik Davis [*]


He estado escribiendo sobre psiquedelia y cultura psiquedélica, desde dentro y fuera del tema, prácticamente toda mi vida profesional. Cuando empezaba como periodista hace más de dos décadas, escribía artículos sobre Terence McKenna, Burning Man y la primera escena psy-trance. Más adelante escribí ensayos sobre Erowid, la investigación química y las raíces psiquedélicas del budismo americano. En 1993 volé de Nueva York a Santa Cruz para el encuentro del Día de la Bicicleta y comencé a asistir -y a veces hablar-en otras reuniones centradas en lo que entonces se conocía más ampliamente como “enteógenos”.
Estaba fascinado con muchas de las sustancias, pero lo que realmente me atrajo a esos encuentros fue el abigarrado entramado de su discurso: las historias, las conversaciones, las ideas, las arengas, los informes, las visiones, los mitos, los datos y los debates que componían la salvaje conversación de la escena. Fui a dar con una poderosa paradoja: a pesar de que los encuentros personales con las sustancias psiquedélicas a menudo se caracterizan como inefables -algo que a conocer por la experiencia más que por las palabras-, estos encuentros parecían generar, con todo, una ingente cantidad de texto y conversación.
Parte de lo que hace que el discurso psiquedélico interpele tanto es su diversidad caleidoscópica. Una evaluación exhaustiva del asunto implicaría idealmente historia,  poesía, etnobotánica, religión, derecho, farmacología, ocultismo, neurociencia, antropología, política cultural, mitología, literatura, psicología, misticismo y -dato crucial- testimonios en primera persona. Muchos de los textos psiquedélicos más significativos y entretenidos son definidos por esta diversidad – aquí me vienen a la mente la enciclopédica poética de la serie Pharmakopoeia, de Dale Pendell, o el magisterial alcance de Singing to the Plants, de Stephan Beyer, que, a pesar su sobriedad académica, mira a la ayahuasca a través de una gran variedad de lentes, incluyendo la propia experiencia del autor como aprendiz de chamanes mestizo[2].
Este tipo de multidisciplinaridad es evidente en las estanterías de la mayoría de los enteófilos, en repositorios online como Erowid, en los textos seminales de Jonathan Ott y en la fascinante textura de las conferencias psiquedélicas, en las que tienen lugar conversaciones cruzadas entre pintores y frikis de la botánica, entre escépticos y místicos, en el underground y en la superficie.
Volví a tener la oportunidad de sumergirme en estas aguas turbulentas el verano pasado cuando asistí a Breaking Convention, un encuentro celebrado en Londres un sofocante fin de semana de julio. Anunciado como una “conferencia multidisciplinar sobre conciencia psiquedélica”, fue un encuentro realmente multidisciplinar en todo su frescor. Hubo presentaciones de científicos profesionales, músicos psiquedélicos, historiadores contraculturales, químicos underground, filósofos de formación académica, curanderos místicos, investigadores paranormales, chamanes en activo y frikis visionarios. Aunque no podía asistir a las tres áreas concurrentes simultáneamente y en ocasiones tuve que huir de salas abarrotadas, hacia el final me sentía bien saciado de una ilustrativa y a menudo novedosa gama de ideas y puntos de vista. Al ser uno de los pocos americanos en la conferencia me hice principalmente con los enfoques británicos, a la par que numerosos investigadores brasileños allí presentes -neurólogos, sociólogos, historiadores de la religión- planteaban visiones  particularmente estimulantes.
Fuera de las aulas reinaban las habituales buenas e intensas vibraciones. A pesar de que hubiese querido que la barra del bar para el “arte visionario” estuviese situada  un poco más alta, el atuendo colorido, la charla estimulante y las ráfagas ocasionales de arte místico transformaron temporalmente los terrenos de la Universidad de Greenwich en una de esas zonas liminales que Michel Foucault habría llamado heterotopía: un espacio social de la alteridad -a la par físico y interpsíquico- que surge en medio del normal funcionamiento de las cosas.
Me fui de la conferencia con un renovado sentido de la importancia de la heterotopía psiquedélica. Más allá de la diversión por el intercambio de memes con cabezas inteligentes, reuniones como la Breaking Convention también sirven como teatros de modos de conocer y entender el mundo en carne y hueso -algo que es raro en la sociedad global de hoy, tan intensamente profesionalizada y fragmentada.
A pesar de décadas de crítica, la imagen oficial de la realidad sigue siendo aquella que escinde violentamente el mundo “subjetivo” de la visión, emoción y mitopoiética del “aquí dentro” de aquel otro mundo “objetivo” del conocimiento natural del “ahí afuera”. A mayores, el polo objetivo del conocimiento está escindido y balcanizado en dominios de conocimiento experto, defendidos celosamente por guardianes de cada parcela, que están profesionalmente obligados a demonizar o ignorar los modos alternativos de entender y ser en el mundo.
Creo que, por su propia naturaleza, los psiquedélicos frustran estas escisiones entre disciplinas que se suponen tan claras; muy en especial en lo relativo a la que Bruno Latour denomina “Gran Divisoria” entre naturaleza y cultura. Después de todo, los psiquedélicos vinculan algunas de las áreas de la conciencia más exaltadas, socialmente transformadoras e infernalmente enigmáticas con moléculas materiales que necesitan ellas mismas ser vistas a un tiempo como productos naturales, agentes químicos, suministros globales básicos y aliados para la conversación con un punto de vista y vida propios. Al entretejer en los intersticios de tantas perspectivas, y en especial al pergeñar “puentes amables” entre naturaleza y cultura, entre ciencia y espiritualidad, los psiquedélicos se convierten en la tutela integral y caleidoscópica de un ser y saber transdisciplinar. Piénsese en ello como el arte de usar múltiples sombreros: el salacot de explorador, el birrete negro del doctor universitario, la boina bohemia, el tocado con plumas del chamán o el dispositivo que se coloca en la cabeza del futurista.
Los psiquedélicos son “hiperobjetos” de estudio que requieren una multiplicidad de perspectivas. Pero su engañosa danza también es un resultado concreto de una prohibición que no sólo vetó los psiquedélicos a todo el mundo sino, muy en especial, a los más valientes de la clase profesional, empujando con ello el discurso psiquedélico a aquellas zonas discursivas marginales donde las fronteras se desdibujaban de manera inevitable. Esto fue particularmente cierto en el siglo XX anterior la web, cuando había bastantes menos conferencias sobre psiquedelia y cuando era mucho más necesario conectar las distintas escenas. Ya estuviesen dedicadas a la ciencia de la psilocibina o a los estados alterados de conciencia, los encuentros sobre enteogénesis de los setenta, ochenta y noventa fueron liminales en un cierto sentido fundamental. Fueron encuentros underground, autodefinidos como contraculturales o que surfeaban las rompientes de la respetabilidad institucional.
Algunos de los coloquios más visibles de aquellos años -por ejemplo, “LSD: una generación más tarde” (1977), la conferencia Psychedelics and Spirituality (1983) y la seminal Bridge Conference de Bruce Eisner (1991)- se llevaron a cabo en instituciones académicas, por lo general en California. Pero incluso estos encuentros bendecidos oficialmente contaron de manera invariable con oradores que trabajaban (y hablaban) fuera de las fronteras institucionales convencionales; ya fueran escritores, terapeutas transpersonales, maestros espirituales o ensayistas en los márgenes como Tim Leary, Terence McKenna y Robert Anton Wilson.
Esta franja contracultural, por descontado, ofrece las vibraciones más coloridas del arco iris discursivo de la psiquedelia, con su brebaje de espiritualidad, hedonismo, ciencia ficción, misticismo ocultista y filosofía freak (con o sin parecido alguno a la “física cuántica”). Pero el carácter multidisciplinar de la psiquedelia también refleja una realidad fundamental y poco reconocida: la prohibición no detuvo la investigación seria. En rigor, una de las mayores falsedades esgrimidas en los debates sobre la reactivación actual de la investigación es la afirmación (a menudo interesada) de que la ciencia psiquedélica se frenó en los sesenta y es hora de “volver”. Esto sólo es cierto si de alguna manera se cree que la ciencia necesita el aval del Estado para ser realmente ciencia.
Lo que en verdad sucedió fue que montones de personas (con y a menudo sin pedigrí académico) persistieron en todo tipo de investigación pura y dura, incluído la etnobotánica, los análisis químicos, las síntesis novedosas, los métodos de extracción y los protocolos terapéuticos. Muchos investigadores “DIY”[3] se vieron impulsados a compartir sus resultados, no sólo por medio de publicaciones underground, redes de correo, tablones de anuncios informáticos y amistades, sino también a través de reuniones formales y no tan formales dedicadas a un diálogo abierto. Tal vez las más conocidas e influyentes de estas reuniones más pequeñas fueron las reuniones anuales de Entheobotany producidas por el Botanical Preservation Corps.
Celebrados durante la década de los noventa, la mayoría de estos seminarios tuvieron lugar en un legendario hotel de Palenque, México. Aunque los raps eclécticos e incandescentes de Terence McKenna fueron una gran atracción, los seminarios de Entheobotany estuvieron dedicados en gran medida, al igual que las dos conferencias recientes de Psychedelic Science, a la investigación psicofarmacológica – bien que con una mayor relación extralegal hacia el profesionalismo y un amor mucho mayor por las plantas.
En Palenquea curiosa mezcla entre frikis de las plantas y místicos de las setas nos recuerda que, con todo lo orientados que puedan estar hacia el hemisferio izquierdo los contenidos de las conferencias, los encuentros psiquedélicos sirven inevitablemente como encuentros para tribus en las que los entusiastas, buscadores, fabricantes, artistas y aficionados encuentran contextos más propicios a la conversación que los Dead shows o las raves. Inevitablemente, esta gentuza también tiene sus sucias manos en el micrófono. Conferencias como Gathering of the Minds (1994) y la serie Mind States (que comenzó en 1997) incorporaron en el combinado la corriente explícitamente underground del frikerío, la especulación metafísica y el arte visionario, entretejiendo las presentaciones de artistas, historiadores de la cultura y psiconautas junto a presentaciones etnobotánicas, legales y transpersonales más reconocidas.
En la década de los 2000, el formato de la conferencia también comenzó a adentrarse de manera influyente en los festivales psiquedélicos, imbricando el discurso psiquedélico más directamente en la fábrica underground de las celebraciones y encuentros dinamizados por sustancias. Entre los ejemplos destacados se incluyen la “Liminal Village” en el festival semestral BOOM y el Palenque Norte, de Lorenzo Hagerty, que fue pionero en el formato de conferencias públicas (y psiquedélicas) en Burning Man. En estos contextos, en la sala de conferencias o en la carpa del festival, el discurso psiquedélico se vuelve más multidisciplinar por involucrar una amplia gama de autoridades que por performar ese saber en un contexto abierto e informal que atrae gentes con diversos grados de capacitación formal, persuasión filosófica y autoridad social. Puede parecer una tontería, y en ocasiones hasta equivocado, pero la heteropía también puede ser una explosión cognitiva.
El mundo del discurso psiquedélico está experimentando en la actualidad un cambio tectónico debido al regreso a la investigación oficialmente autorizada con psiquedélicos en humanos y la apertura correspondiente de líderes de opinión como el New York Times a relatos positivos sobre los enteógenos como agentes de curación psicológica. Esta apertura ha atraído a un gran número de actores científicos, periodísticos y comerciales, pero en buena medida la movilización del discurso emergente tiene que ponerse a los pies de la Multidisciplinary Association for Psychedelic Studies (MAPS), ya sea indirectamente, a través de los esfuerzos en investigación de la organización; ya sea directamente, por medio de sus diversas campañas de divulgación y publicidad. Por aquello de dar el titular de una reciente charla sobre ciencia psiquedélica de Brad Burges (director de comunicaciones de la organización), MAPS es consciente de “resituar” los psiquedélicos en la mente pública. Y una de las mejores maneras de ver esta reubicación en acción es echar un vistazo a las grandes conferencias psiquedélicas, públicas y muy exitosas que MAPS ha patrocinado o copatrocinado en los últimos años.
En la superficie, la reunión del 25 aniversario de MAPS y las dos conferencias de Psychedelic Science (copatrocinadas con la Beckley Foundation, el Heffter Research Institute y el Council on Spiritual Practices) se parecen a los buenos viejos rollos caleidoscópicos. Los abuelos de la familia psiquedélica forman parte del programa, el espacio de los vendedores está lleno de personajes coloridos y las fiestas dinamizadas por EDM y las impresiones giclée de arte visionario sugieren una onda underground. Aunque el propio MAPS surgió de las raíces liminales y todavía reclama la multidisciplinariedad, la organización presenta ahora un retrato mucho más homogéneo y controlado de la cultura psiquedélica[4].
Considérese la agenda programada para Psychedelic Science 2013, incluyendo tres áreas: clínica, “interdisciplinar” y ayahuasca. El área clínica, como era de esperar, contó con doctorados profesionales y doctores en medicina que hablan en términos duros sobre la investigación general. El área de ayahuasca, para la que MAPS reclutó a un programador externo, es otra historia que abordaré en su momento. Lo que me interesa aquí es lo que MAPS quiere decir con “interdisciplinar”.
Si se considera que la psicoterapia ha de ser “clínica”, más de la mitad de las presentaciones interdisciplinarias podrían haber encajado en el área clínica. De hecho, muchas parecían ser efecto del desbordamiento desde el enfoque central de ciencia dura. Dentro de las presentaciones restantes se encontraban un puñado de informes etnobotánicos, algunas perspectivas budistas y transpersonales, algunas presentaciones de la vieja guardia de Ralph Metzner y Ann Shulgin, así como una evaluación neuro-fenomenológica genuinamente novedosa de la lingüística psiquedélica a cargo de Diana Slattery. El underground fue el gran ausente -David Nickels, del DMT-Nexus, fue el único orador más joven cuya foto descarada y biografía personal sugerían vínculos personales con la escena del rollo. Incluso las discusiones sobre el underground- como la siempre popular charla de Erowid sobre el “State of the Stone”- no pasaron del mínimo; y ello a pesar del crecimiento extraordinario de nuevos usos químicos en la investigación de los últimos años. Esta marginación discursiva se reflejó a su vez en el diseño de la conferencia: la sala de vendedores, donde la cultura psiquedélica de los enteogenófilos actuales estaba más cerca de la superficie, estaba visiblemente alejada de los principales flujos de circulación.
Uno podría contraponer que las conferencias de MAPS están dedicadas a la ciencia psiquedélica y que muchas otras reuniones en nuestros días mantienen la bandera freak. Sería bastante acertado, pero únicamente si definimos “ciencia” en un sentido muy limitado. MAPS no está intentando mantener la investigación pura y dura en un lugar central y destacado -si así fuera, se escucharía hablar mucho más de botánicos, etnólogos u otros, profesionales o no. En lugar de eso, MAPS aspira a domesticar los psiquedélicos convirtiéndolos en medicinas clínicas y psicoterapéuticas – y no “plantas medicinales” (lo que sería una categoría antropológica), sino “soluciones” de carácter farmacéutico.
Es una agenda costosa, lenta y políticamente sensible, que requiere ensayos clínicos laboriosos, recaudación masiva de fondos, socios institucionales conservadores y el inteligente cambio de marca de compuestos todavía asociados por muchos con hippies locos y ravers que le dan al chupete. Para que tuviese éxito el proyecto de unos 30 millones de dólares de MAPS permitiendo el uso de MDMA en centros clínicos, el discurso vanguardista del underground – con sus raíces en la contracultura de los años sesenta, el hedonismo extático y todo tipo de herejías intelectuales y espirituales – debía ser raspado como la escoria de una pipa de opio. Pero a pesar de las asociaciones recientes con grupos muy “cuadriculados”, las presiones por la financiación ponen a MAPS en una extraña unión: la organización debe continuar cultivando mecenas psiquedélicos cuyos valores esenciales deben ser acomodados, a la par que son barridos debajo de la alfombra.
Este complicado baile ayuda a explicar por qué MAPS trajo a la antropóloga social brasileña Beatriz Labate para programar el área sobre ayahuasca. Mientras Brasil está produciendo una fantástica cultura y ciencia psiquedélica, el carisma visionario y exótico de la poción también juega en la base de MAPS. Además, a la luz de la decisión de la Corte Suprema de 2006 respecto a la União do Vegetal, la ayahuasca ya se está reenmarcando de acuerdo con otro discurso legitimador: la religión. No la “espiritualidad”, ni el “misticismo visionario”, ni los “colocones”, sino la religión organizada.
Este es un punto importante: tal y como deja claro una encuesta reciente del Erowid Wisdom Cycle, los aficionados serios a los psiquedélicos en el largo plazo, por lo general, no son miembros de instituciones religiosas. Para muchos, los psiquedélicos ofrecen un camino “espiritual, pero no religioso”, que evita precisamente los rituales formales y los sistemas de creencias de arriba a abajo. Con todo, si se extrapola a partir de Psychedelic Science, se puede vislumbrar un futuro irónico donde los individuos podrían consumir psiquedélicos sin temor a ser encarcelados, solo si aceptasen someterse a la autoridad de un terapeuta médico autorizado o de una iglesia autorizada por el Estado.
Al mismo tiempo, la sustancia y la popularidad del área sobre ayahuasca también sugieren que el avance hacia la Gran Ciencia se verá frustrado, en un futuro previsible, por una serie de perspectivas más humanistas y críticas. Debido a la situación legal de la ayahuasca en Brasil y al pluralismo creativo de las religiones ayahuasqueras en el país, los científicos sociales han estado estudiándola intensamente. Así que junto con los estudios sobre la adicción y los informes sobre imágenes cerebrales, el área de Labate incluyó discusiones académicas sobre dinámicas rituales, mercantilización cultural y la historia esotérica y la transformación global de las sectas ayahuasqueras.
La ayahuasca, según parece, lleva consigo su propio caleidoscopio, una mirada siempre cambiante que nos mantiene apartados, por decirlo con William Blake, “de la visión única y el sueño de Newton”, es decir, del reduccionismo. Este mensaje fue traído a la Breaking Convention por una iluminadora charla del antropólogo brasileño, Alberto Groisman. Cuando se trata de entender la poción, Groisman argumentó que la neurociencia y el psicoanálisis se sienten incómodos porque se enfocan demasiado en el individuo y no en el campo más amplio de las relaciones sociales que componen el contexto de la experiencia personal. Groisman estudia a Barquinha (“barquita”), una religión ayahuasquera particularmente vívida que durante los servicios religiosos  presenta la incorporación – también conocida como “posesión”- de entidades similares a orixa. Para la preparación de su charla, Groisman había filmado la invocación ritual de una velha preta (anciana negra) llamada Vó Nadir (abuelita Nadir), un espíritu que sufrió y murió como esclava en una plantación de azúcar y ahora irradia bondad y compasión. Como buen etnógrafo, Groisman buscó el permiso de los participantes humanos para mostrar la película en la Breaking Convention. Estuvieron de acuerdo, pero Groisman se dio cuenta entonces de que también necesitaba el permiso de Vó Nadir. Desafortunadamente para nosotros, la velha preta no apareció en un servicio posterior, por lo que no vimos el clip. Si Groisman hubiera sido miembro de una secta, su petición al espíritu sería comprensible e interesante por sí misma. Pero como observador y científico social, su acto de cortesía -que nos fue comunicada en una sala de conferencias preliminar – abrió un espacio transdisciplinario donde los espíritus, los humanos y las moléculas entretejen su matriz múltiple.
Para la “multidisciplinar” MAPS, no obstante, ciencia social significa básicamente  psicología y, en general, por tal entiende psicoterapia centrada en el individuo. Dejando a un lado la marginación de las voces underground, la “ciencia” de los psiquedélicos necesita otros enfoques como la sociología, la antropología médica, la religión comparada, la historia y, en particular, los estudios científicos que podrían ayudar a trazar la construcción de los psiquedélicos como objetos “científicos”.
Estudios recientes como Neuropsychedelia, de Nicolas Langlitz – en el que se presenta el análisis filosófico de un antropólogo sobre dos laboratorios de ciencia psiquedélica – apuntan en la dirección correcta. Sin embargo, estos análisis tienen un interés más que académico, porque la reconstrucción de los psiquedélicos en tanto que medicamentos farmacéuticos no es inocente, sino biopolítica. Término importante en la teoría social contemporánea, “biopolítica” se refiere a las diversas formas – incluida la autoridad discursiva de la ciencia – en que las instituciones, corporaciones y gobiernos administran y vigilan las fronteras y los procesos de la vida misma.
Las implicaciones biopolíticas del trabajo de MAPS son manifiestamente evidentes en uno de sus proyectos más ampliamente pregonados: el tratamiento del trastorno de estrés postraumático con MDMA. Tratar con éxito el trastorno de estrés postraumático de cualquier persona es un objetivo loable. Pero el sentimentalismo y el triunfalismo heroico que MAPS aprovecha para publicitar esta investigación (financiada por 25 años de contribuciones de fanáticos de la cultura psiquedélica) oculta la inquietante posibilidad de que la terapia MDMA pueda ser utilizada algún día con soldados en servicio activo, una implementación que haría de este componente el engrasante afectivo de la máquina militar.
Quisiera dejar claro que no estoy en contra de MAPS, ni de la ciencia psiquedélica, ni de la terapia enteogénica para soldados. Lo que me preocupa es la naturaleza colonizadora y no reflexiva de estas voces científicas (y “científicas”) cada vez más poderosas, que necesitan dejar de lado la autoridad de otros discursos para cumplir con su agenda. Jamás debemos olvidar, empero, el axioma central del “set y el setting”: una droga no existe por sí sola. En cambio, lo que tenemos son las infinitas reverberaciones de los giros de la mente que se retroalimentan, los contextos culturales y un compuesto. Incluso si la neurociencia o la psicofarmacología nos dan algo más cercano a los hechos concretos, la exposición de los “hechos incontrovertibles” sigue siendo un proscenio de creación de expectativas y cultura (y no necesariamente la más inspiradora o valiente, ni mucho menos la “más verdadera”).
Tal y como sugirió Stephan Beyer en la conferencia Psychedelic Science, tomarse en serio el chamanismo – lo que significa comprometerse con él rigurosamente – puede requerir que abandonemos el modelo de sustancias psiquedélicas como objetos neurocientíficos o “herramientas” terapéuticas. Y la mejor manera de entrenarnos para este encuentro cognitivo expandido es continuar refinando el arte multidisciplinario del caleidoscopio.

AUTOR

Erik Davis es autor, académico, podcaster y conferenciante en San Francisco.

[*]Este artículo, titulado originalmente The Multidisciplinary Association of Psychedelic Discourse (“La asociación multidisciplinar del discurso psiquedélico”), apareció en el número 25 de Erowid Extracts alla por diciembre de 2013.

Traducción de Raimundo Viejo Viñas.


[2]En castellano en el original (nota del traductor).
[3]Las siglas DIY se corresponden a “do it yourself”, en inglés, que se traduce por “hazlo tú mismo” en castellano.
[4]Desde la publicación de este artículo, se me ha informado que las restricciones de rango para oradores en las conferencias recientes de MAPS reflejan significativamente las preocupaciones del Heffter Research Institute, lógicamente interesado en mantener el decoro académico en torno a estos temas. Con todo, creo que mi crítica aún se mantiene, toda vez que MAPS se ha posicionado como la cara pública de la legitimación farmacológica de los psiquedélicos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

La moderación de comentarios está activada. Su comentario podría tardar cierto tiempo en aparecer.