«The Hateful Eighties»

¿Son grandes los años ochenta?

por

Nicolás Martino

En línea con el post Luminiscencia, que tradujimos para Artefakte a principios de año, publicamos ahora este segundo artículo de Nicolas Martino que ahonda en volver la mirada sobre la década de los ochenta para resituar lo sucedido en perspectiva. Traducción de Lola Matamala en simbiosis con Artefakte.

Para entender qué son los brillantes y odiosos Eighties, basta observar con atención una foto en la que está retratado Massimo Cacciari acompañado de Mara Venier en el Carnaval de Venezia, indicando, con el brazo extendido y el índice apuntando algo que está fuera del imagen, a su izquierda respecto a lo que ve: probablemente se trate de la sinisteritas, concepto por entonces ya inútil e inservible, lo que Cacciari, que en aquellos años abrazaba la krisis y el pensamiento negativo, estaba enviando al ático o sea, fuera del marco, más allá de la escena. Los años ochenta fueron eso, el fin de aquella izquierda nacida con la Revolución Francesa y la reinvención del pasado ritualizado en un pastiche postmoderno, como aquel carnaval veneciano que, a pesar de la creencia más difusa es una invención que se remonta al 1979, en coincidencia, y no por casualidad, con aquel Teatro del Mondo realizado en el mismo año por Aldo Rossi, a pocos meses de la inauguración de la Bienal de Arquitectura de Paolo Portoghesi que celebraría la Presenza del passato.
La foto es parte de una serie de grandes fotografías organizadas por Francesco Vezzoli junto a otras de formato más reducido para la muestra Party Politics (en Roma en la Fondazione Giuliani). En colaboración de Filippo Ceccarelli, autor de todos los pies de foto que acompañan a las imágenes, Vezzoli recorre los años en los cuales se consuma el cortocircuito entre espectáculo y política, y el socialismo se hace Pop: Pertini y Sandra Milo, Andreotti y la Carrà, Giuliano Ferrara y Moana Pozzi, De Michelis y Tinto Brass, Cicciolina y el Parlamento, Bettino Craxi y el Partido del Clavel Rojo, son todos ellos otros de tantos protagonistas de una transformación antropológica que decreta el fin de un mundo y que anuncia al mismo tiempo lo que vendría de ahí en cuarenta años: el glamour de la mundanidad transformado en la fascinación de la antipolítica y del populismo social más reaccionario. Una autobiografía en imágenes, para una época hecha de imágenes que no llevan a otro lado que a sí mismas, y que, por consiguiente, no se puede narrar si no es através un prodigioso montaje de simulacros. Y simulacro, bien pensado, es un concepto que resume eficazmente la parábola del Partido Socialista, protagonista absoluto de este decenio. En un breve lapso de tiempo pasó de un socialismo-libertario y proudhonista –que hábilmente recogía la innovación creativa surgida en los años setenta intentando una operación de hegemonía sobre la nueva intelectualidad de masa y arrinconando al PCI, ya fuera de juego, prisionero de un sentido de culpa calvinista– a la celebración de la retórica risorgimentale y garibaldina, construyendo así –justo en el momento en el que empezaba a venirse abajo el Estado de partidos– un simulacro de las tradiciones políticas y partidistas decimonónicas.
Un decenio, el de los ochenta, que ahora cumple cuarenta años, y también probablemente por esto comienza siempre a suscitar mayor interés: ya que fue allí donde nos convertimos en lo que hemos llegado a ser hoy. Así lo demuestra desde su portada –una casette de música de 60 minutos, tiempo a la vez necesario para leer las 60 páginas del libro– el brillante ensayo de Tommaso Ariemma –reseñado ya por Massimo Villani– sobre la Filosofia degli anni’ 80 (Il melangolo, 2019) y que reconstruye la época en que el bien se identifica con la mercancía, el ser deviene algo liviano y la realidad, tal y como era conocida hasta entonces, empezó a ocultarse, o mejor dicho, los planos de la realidad se multiplicaron haciéndose cada vez más virtuales. En suma, la época en la que la percepción del tiempo cambia radicalmente y se congela en un eterno presente, mientras el futuro se agota y el pasado pasa a ser espectáculo. Tiene razón Ariemma en insistir en la importancia decisiva del aura de la mercancía que señala el fin de la dialéctica valor de uso/valor de cambio, y coincide con una forma de vida, una identidad en la que el consumidor se involucra de lleno. Invicta, Swatch, Levi’s y tantas otras solo no eran marcas, conferían a quienes las poseyeran, una luminiscencia del todo excepcional. Tiene sentido identificar los años ochenta con el fin de la idea de que el culpable pueda desenmascararse y la verdad salir a la luz –tal como pensaban los maestros del suspense– y, por ende, con la proliferación exponencial del propio sospechoso sobre el plano de lo real. El fin de la metafísica, en pocas palabras, determina el fin de la idea de que sea un cielo que se deja caer sobre la tierra, porque esta desde siempre había caído y lo real es una superficie. Pero esta superficie no es lisa ni está en paz –algo sobre lo que probablemente no se insiste lo suficiente– sino que se encuentra atravesada por pliegues y conflictos que determinan la naturaleza estriada en la que se desarrollan las luchas y los conflictos.
Y no estamos de acuerdo con Ariemma cuando dice que «los años setenta fueron años de sangre». Es un reduccionismo que esconde la increíble riqueza cultural y política de los años setenta y, a un tiempo, no permite ver en cambio cómo los años ochenta, al decir de Paolo Virno, fueron un Settentasette inverso, o la puesta en valor por la economía neoliberal, del carácter creativo y productivo de las actitudes nacidas en los movimientos de los años setenta. Si esto no se entiende, tampoco se entiende como la época de la subsunción real de la sociedad en el Capital –también así podemos definir los ochenta– fue la respuesta a la lucha de una generación por la liberación del trabajo; ni se entiende, por consiguiente, cómo al ser productoras de la realidad son siempre luchas por una vida más libre y feliz. Vivir en el fin del mundo, como indica el subtítulo del libro, significa vivir en una transición donde el conflicto no se ha disuelto, sino que se ha multiplicado hasta el infinito. La estrategia fatal del neoliberalismo consiste en hacer desaparecer la consistencia material de las luchas y de los intereses opuestos construyendo la paradoja de una nueva metafísica: aquella del There Is Not Alternative. Nuestra estrategia, antimetafísica, consiste en que el enigma de la esfinge caiga de nuevo sobre la tierra.

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