Todo era ficción

por Jorge Moruno Danzi

[ Texto original para Artefakte, 17 de enero de 2020 ]

El fascismo se cura viajando y leyendo o la clave radica en la educación, son algunas de las razones esgrimidas a la hora de comprender los fenómenos reaccionarios y sus soluciones. Se entiende que el problema reside en la existencia de una ausencia y una falta, ya sea de información, de cultura o educación, que produce la ignorancia y se solventa con el acceso al saber. Al igual que el esclavo de Platón, tendríamos que salir de la Caverna y alcanzar a ver el bien para hacer el bien, lo que en la ulterior versión cristiana se traduce en la conversión de San Pablo al caerse del caballo camino de Damasco, o en la “toma de conciencia” propia de una parte del marxismo. Salir de la ignorancia significaría desmitificar la realidad aparente para mostrar que, tras las apariencias, se esconde lo que realmente «es». Las apariencias, así entendidas, serían encubridoras y falsas porque nos nutren de imágenes que distorsionan la realidad en donde realmente se ubica la verdad. Sin embargo, podemos observar que el grado de educación en una sociedad no es un antídoto a la existencia de posiciones excluyentes, y tampoco se diluyen por leer y viajar más. Siendo importante la lectura y la educación, qué duda cabe, lo problemático es buscar la causalidad de las posiciones antidemocráticas en una ausencia y falta de educación. Como si contar con más educación hiciese más difícil o imposible sucumbir a las pasiones más tristes y excluyentes. Heidegger, el filósofo más importante del siglo XX, cuando le preguntaron cómo podía seguir a alguien tan inculto como Hitler, respondió que la cultura no importaba y había que fijarse en sus maravillosas manos.

La reacción antidemocrática que azota al mundo se impulsa a través de una premisa pseudo-democrática, a saber, postula que todas las opiniones son igual de válidas, lo cual se traduce en oscurantismo y negacionismo. Si todas las opiniones son igual de válidas por el mero hecho ser opiniones, la opinión que pueda tener la señora Ayuso sobre la contaminación es homologable a la que pueda tener la directora de la Organización Mundial de la Salud. Eso es precisamente lo que está sucediendo con el avance de las lógicas conspirativas. Platón le dedicó mucho espacio en varios de sus diálogos a diferenciar entre lo que es una opinión y el conocimiento. En su Teeteto, explica que la opinión deriva de la percepción y eso impide que se pueda acceder al conocimiento, ni siquiera en los casos en los que esa opinión sea verdadera, dado que, aquello que tiene de verdadero la opinión es fruto de la creencia y surge de ser considerada como verdadera. Este es precisamente el campo de fuerzas en donde se juega la política: el litigio en torno a lo que somos capaces de creer como verdadero no tiene que ver con el conocimiento, ni con la objetividad. En efecto, que alguien sea conocedor del poco peligro que suponen las turbulencias de un avión, no impide que esa misma persona, a pesar de saberlo, sienta miedo cada vez que se producen. Solo en el supuesto de que esa información sea capaz de formarse como una imagen más fuerte y desplace a la que produce el miedo, es posible que su cuerpo deje de relacionar turbulencia a miedo. No existe tal cosa como algo en sí y por sí mismo desvinculado de las conexiones que le dan una expresión, pues lo mismo puede variar en el tiempo. El dolor, recordaba Jünger, como criterio es inmutable, variable es, en cambio, el modo y manera como el ser humano se enfrenta a él.

Lo mismo sucede con la empatía política. Hace un tiempo leí –no recuerdo ahora dónde–, que no era necesario creer en el cambio climático pues, al igual que la gravedad de la tierra, es algo que te afecta aunque no lo entiendas. Creo que este razonamiento es inadecuado a la hora de entender cómo funciona la mecánica que nos moviliza e inclina a los seres humanos a tomar posiciones. Que haya algo exterior que nos afecte independientemente de cómo se imagine, el cambio climático, no nos dice nada sobre la manera que tenemos de comprenderlo, a qué lo achacamos y en qué estructura de sentido lo incluimos. El motivo por el cual se puede aceptar como válida una postura, no estriba tanto en el contenido de esa postura, el qué, como en el valor que se le atribuye al quién y lo que representa, puesto que nuestras inclinaciones vienen precedidas por el deseo y algo siempre nos va a parecer bien mientras coincida con nuestro deseo. La razón de la realidad no es equiparable a la realidad de la razón, de lo contrario viviríamos una existencia propia de un mundo sin afectos ni contingencia.

Entonces, ¿en qué se diferencia una opinión de un hecho científico? En que la primera solo se sustenta sobre la percepción y la segunda viene avalada por la comprobación de un método aceptado por la comunidad científica. Un método, recordemos, que es producido y consensuando con la práctica y el error, es decir, que el método es más bien fruto de una práctica y no una plantilla aplicada a la realidad. Siendo esto así, ¿es la comprobación científica, su veracidad, lo que automáticamente lo convierte en una verdad social? No, de hecho lo consigue únicamente cuando logra que la percepción vincule a la verdad con la demostración científica, es decir, aquello que hace posible afirmar socialmente que una cosa es una opinión insustancial y lo otro una verdad comprobada, no es la propia ciencia, sino la asociación de imágenes que logran relacionar la verdad con la veracidad. En el momento que esa asociación entre verdad y veracidad es desplazada por otra forma de imaginar, tiene lugar la verdad emancipada de toda veracidad.

Los seres humanos accedemos a la realidad a través de la experiencia simbólica y los afectos, o lo que es lo mismo, nuestra conciencia de la realidad es incompleta porque siempre queda algo ausente, un resto que no se puede simbolizar. La ilusión por enfrentar los hechos/datos/estadísticas/evidencias a los imaginarios, siempre acaba tropezando con que los hechos de la realidad están compuestos de ficciones y fenómenos, salvo que los datos consigan convertirse en imaginarios. Ahondar en la falsedad de una verdad creída como tal no la derrumba, dado que como bien nos recuerda Proust, los hechos no penetran en el mundo donde viven nuestras creencias, y como no les dieron vida no las pueden matar.

La vida es una ficción. La ficción, lejos de ser una invención arbitraria de la mente, es el escenario contextual en donde se conectan los acontecimientos que tienen lugar, y tienen lugar porque existe una ficción que permite dotarlos y entrelazarlos de sentido. Es el modo de configurar una ficción o una contra-ficción, si como un cuerpo orgánico que jerarquiza los roles, posiciones y lugares atribuidos a cada parte de la sociedad, o en cambio, como la condición en donde cualquiera tiene la capacidad de existir y ser visible. La ficción es el motor de la acción, la construcción de un escenario afectivo, un significado, un ecosistema donde se forja lo comprendido, el mundo compartido, las aspiraciones y los anhelos. El objeto de la ficción es la comprensión de la realidad a través de la construcción de una cadena lógica de razonamientos que dan sentido a la “libertad”, lo “justo”, a lo que se endiente por “el otro” y por “uno mismo”. Las ficciones también ordenan la sociedad; en la Grecia de Pericles las relaciones sociales venían determinadas por las relaciones mantenidas entre el grado de los cuerpos de hombres (calientes) y mujeres (fríos). El grado explicaba los roles asignados, los espacios, las jerarquías, el estatus y la vestimenta, es decir, el grado del cuerpo definía las relaciones de visibilidad, de poder y su reparto en el espacio y tiempo.

La ficción como contexto es algo presente el día a día y forja nuestra forma de vida. La ficción que conecta una idea de España federada y vertebrada, con una idea de libertad enraizada en los derechos de ciudadanía y la igualdad de partida, necesita ser más deseable que la ficción de una España excluyente y uniformizada, vinculada a una idea de libertad propia de un accionista. La realidad no puede nunca superar a la ficción pues, para poder ser, necesita convertirse en una ficción: el mundo de las apariencias es el único real, en palabras de Nietzsche. La verdad efectiva de la cosa, lo verdadero de la verdad, es justamente la apariencia como fundamento de la existencia. Porque no vale solo con la veracidad, hace falta dotarse de una verdad más fuerte, o dotar a la verdad de más fuerza.

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